jueves, 27 de diciembre de 2012

EL FIN "PORTEÑO" DE LOS MUNDOS

En 1910 la llegada del cometa Halley a Buenos Aires estaba prevista para el 18 de mayo de ese año a las nueve de la noche, justo cuando comenzaba la semana por los festejos del Centenario. Se temía que su cola fuera rechazada por el sol, haciendo que al derrapar impactara en la Tierra. Aquí el cometa fue denominado porteñamente como “el coludo” (por su gran cola meteórica).

El presbítero Fortunato Devoto se transformó en el primer argentino en divisar el cometa desde la ciudad de La Plata.
Y bastó que se publicara la noticia para que de inmediato surgiera el negocio de los telescopios. Los buscavidas compraban estos aparatos para sacarles jugo.

Los suicidas eligieron los métodos más curiosos para lograr sus propósitos: ingestión de cajas de fósforos con agua o de bicloruro de mercurio (para tratamiento de la sífilis); polvo hormiguicida o una dosis mortal de láudano. Alguien se arrojó a un aljibe y hubo quien ingirió cigarrillos macerados en alcohol de quemar.

Se prepararon refugios subterráneos para sobrevivir a los efectos tóxicos de la cola del cometa. Un tal Tulio Miguez, construyó 3 bunkers que se ocultaban bajo tierra. Estos sucuchos de 2 ambientes contaban con cuatro ventanitas, que permitían espiar como se acababa el mundo. En él podían esconderse cinco personas sobreviviendo con tubos de oxígeno (también incluídos) que permitían vivir 72 horas. Miguez vendió 2 bunkers y el tercero lo reservó para él y su familia.

En la esquina de Bartolomé Mitre y Florida se instaló un telescopio que anunciaba: ”Vea por 5 centavos al cometa Halley y conozca la causa de su futura muerte”. Los charlatanes y curanderos se pusieron al día, ofreciendo todo tipo de protecciones para evitar el mal.

La señora Julia V. curandera de la calle Sarandí al 200 aseguraba que nadie moriría por los gases del cometa pero igualmente había que visitarla para que nos salvase con un método “curativo psicológico”. Su negocio se llenó de ilusos, y quienes no podían acercarse por distancia, podían enviar el dinero para que ella los salvara.

En esa semana, extraños fenómenos se reproducían: la aparición de un monstruo marino divisado por Prefectura Naval cerca de San Fernando; un avión que choca contra un auto estacionado; siete hombres mueren de cíncope; 40 caballos escapan y realizan una gran estampida por Palermo; una parejita de novios se suicida para evitar morir ahogados ; otra pareja también se suicida por miedo al cometa (él le dispara a ella al corazón y luego se gatilla en la sien). En Buenos Aires se multiplicaba la histeria y el espanto de morir por el Halley.

Finalmente llegó el día señalado. En los conventillos se organizaron bailes para festejar el último día de vida y las fiestas se multiplicaron por todos lados.
Pero a la medianoche, la sirena del diario “La Prensa” anució que el peligro había pasado.

Llegó el 18 de mayo y el mundo siguió girando. Por la madrugada, las terrazas de los edificios más altos de Buenos Aires estaban colmadas de felices avistadores. Pasado el momento, La Nación tituló: “El peligro del cometa desvanecido. Fracaso de los pronósticos terroristas”.
Nuestra ciudad continuaba intacta, y pronto la infanta Isabel visitaría nuestras tierras...

Fuente: Hist. Daniel Balmaceda

En la foto, una publicidad Argentina de Vinos Cordero, que retrata la llegada del Halley.

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jueves, 27 de diciembre de 2012

EL FIN "PORTEÑO" DE LOS MUNDOS

En 1910 la llegada del cometa Halley a Buenos Aires estaba prevista para el 18 de mayo de ese año a las nueve de la noche, justo cuando comenzaba la semana por los festejos del Centenario. Se temía que su cola fuera rechazada por el sol, haciendo que al derrapar impactara en la Tierra. Aquí el cometa fue denominado porteñamente como “el coludo” (por su gran cola meteórica).

El presbítero Fortunato Devoto se transformó en el primer argentino en divisar el cometa desde la ciudad de La Plata.
Y bastó que se publicara la noticia para que de inmediato surgiera el negocio de los telescopios. Los buscavidas compraban estos aparatos para sacarles jugo.

Los suicidas eligieron los métodos más curiosos para lograr sus propósitos: ingestión de cajas de fósforos con agua o de bicloruro de mercurio (para tratamiento de la sífilis); polvo hormiguicida o una dosis mortal de láudano. Alguien se arrojó a un aljibe y hubo quien ingirió cigarrillos macerados en alcohol de quemar.

Se prepararon refugios subterráneos para sobrevivir a los efectos tóxicos de la cola del cometa. Un tal Tulio Miguez, construyó 3 bunkers que se ocultaban bajo tierra. Estos sucuchos de 2 ambientes contaban con cuatro ventanitas, que permitían espiar como se acababa el mundo. En él podían esconderse cinco personas sobreviviendo con tubos de oxígeno (también incluídos) que permitían vivir 72 horas. Miguez vendió 2 bunkers y el tercero lo reservó para él y su familia.

En la esquina de Bartolomé Mitre y Florida se instaló un telescopio que anunciaba: ”Vea por 5 centavos al cometa Halley y conozca la causa de su futura muerte”. Los charlatanes y curanderos se pusieron al día, ofreciendo todo tipo de protecciones para evitar el mal.

La señora Julia V. curandera de la calle Sarandí al 200 aseguraba que nadie moriría por los gases del cometa pero igualmente había que visitarla para que nos salvase con un método “curativo psicológico”. Su negocio se llenó de ilusos, y quienes no podían acercarse por distancia, podían enviar el dinero para que ella los salvara.

En esa semana, extraños fenómenos se reproducían: la aparición de un monstruo marino divisado por Prefectura Naval cerca de San Fernando; un avión que choca contra un auto estacionado; siete hombres mueren de cíncope; 40 caballos escapan y realizan una gran estampida por Palermo; una parejita de novios se suicida para evitar morir ahogados ; otra pareja también se suicida por miedo al cometa (él le dispara a ella al corazón y luego se gatilla en la sien). En Buenos Aires se multiplicaba la histeria y el espanto de morir por el Halley.

Finalmente llegó el día señalado. En los conventillos se organizaron bailes para festejar el último día de vida y las fiestas se multiplicaron por todos lados.
Pero a la medianoche, la sirena del diario “La Prensa” anució que el peligro había pasado.

Llegó el 18 de mayo y el mundo siguió girando. Por la madrugada, las terrazas de los edificios más altos de Buenos Aires estaban colmadas de felices avistadores. Pasado el momento, La Nación tituló: “El peligro del cometa desvanecido. Fracaso de los pronósticos terroristas”.
Nuestra ciudad continuaba intacta, y pronto la infanta Isabel visitaría nuestras tierras...

Fuente: Hist. Daniel Balmaceda

En la foto, una publicidad Argentina de Vinos Cordero, que retrata la llegada del Halley.

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