lunes, 13 de mayo de 2013

CABECEATE UNA “MINA” CHE (pero en la milonga...)

El cabeceo en el baile del tango es toda una institución. Un monumento tanguero, antiguo como una reliquia que no reconoce su nacimiento, pero sigue vigente y útil en la actualidad.

En las primeras décadas del Siglo XX, todo problema en las milongas se resolvía con cuchillo: un pisotón o un empujón podía desencadenar una muerte.

Cuando el tango sólo se bailaba en los burdeles tampoco existía la tanda. Quien quisiera bailar con una mujer que danzaba con otro, debía esperar o ir a pedirla, pero eran épocas de “guapos” y esto significaba una provocación que podía conducir a un duelo.

Lo normal era que el que estaba bailando cediera la dama. Si lo hacía de manera sumisa, era símbolo de cobardía y ella nunca volvería a bailar con él; si sostenía la mirada del otro con altivez significaba que estaba ofendido y reclamaba un duelo. No era necesario hablar, ambos se encontrarían al salir de la milonga y entonces hablarían los cuchillos.


Algunos dicen que el cabeceo es antiguo, porque afirma más los derechos "machos" del hombre, ya que es el único que podría hacer esa bendita señal de invitación. El único que puede “cabecear” a una mujer desde lejos. Ella debía limitarse a esperar que la inviten.

Sin embargo existen códigos milongueros que son clásicos (algunos siguen usándose)

- Habitualmente se baila toda una tanda con la misma persona.

- Entre tema y tema hay una pausa que se usa para charlar con su compañero. Sirve para escuchar la música que sigue y prepararse para ejecutarla.

- La mujer debe esperar que el hombre la abrace primero. Esa costumbre también viene de la misma época del cabeceo porque era el único momento (aparte del momento en que las chicas iban al baño) en que la mujer estaba sola, sin su madre o la persona que la cuidaba mandada por el padre que generalmente era el hermano menor, o algún tío o primo. Antes, se usaba ese corto tiempo entre tango y tango para el levante, para arreglar citas afuera de la milonga.

- Cuando se está bailando y se dice "gracias" quiere decir que esta persona ya no quiere seguir bailando, en caso contrario se debe agradecer apenas en el final de la tanda. Al terminar la tanda existe la costumbre de que el caballero acompañe a la dama hasta su mesa.

- Una mujer puede, en principio, rechazar las invitaciones que no le interesan con el sólo método de mirar “barriendo” la zona, sin detenerse en la cara del que la invitó, pero también puede señalar con la mirada al varón que le gusta para bailar. Hoy en algunos lugares se propone un tiempo para que las mujeres inviten activamente a bailar.

- La mujer milonguera suele ir sola a la milonga y comparte mesa con otras milongueras o amigas. Si una mujer va acompañada, nadie la sacará a bailar esa noche, excepto que su compañero de mesa ya esté bailando con otra persona. Generalmente no sacarán a una mujer que se encuentre en compañía por un hombre en la mesa.

Lo cierto es que la costumbre del “cabeceo” es bien porteña: surgió para evitar una negativa explícita de parte de la dama. Muchas mujeres disimulan que no vieron, cuando no les gusta el “contrincante”.

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lunes, 13 de mayo de 2013

CABECEATE UNA “MINA” CHE (pero en la milonga...)

El cabeceo en el baile del tango es toda una institución. Un monumento tanguero, antiguo como una reliquia que no reconoce su nacimiento, pero sigue vigente y útil en la actualidad.

En las primeras décadas del Siglo XX, todo problema en las milongas se resolvía con cuchillo: un pisotón o un empujón podía desencadenar una muerte.

Cuando el tango sólo se bailaba en los burdeles tampoco existía la tanda. Quien quisiera bailar con una mujer que danzaba con otro, debía esperar o ir a pedirla, pero eran épocas de “guapos” y esto significaba una provocación que podía conducir a un duelo.

Lo normal era que el que estaba bailando cediera la dama. Si lo hacía de manera sumisa, era símbolo de cobardía y ella nunca volvería a bailar con él; si sostenía la mirada del otro con altivez significaba que estaba ofendido y reclamaba un duelo. No era necesario hablar, ambos se encontrarían al salir de la milonga y entonces hablarían los cuchillos.


Algunos dicen que el cabeceo es antiguo, porque afirma más los derechos "machos" del hombre, ya que es el único que podría hacer esa bendita señal de invitación. El único que puede “cabecear” a una mujer desde lejos. Ella debía limitarse a esperar que la inviten.

Sin embargo existen códigos milongueros que son clásicos (algunos siguen usándose)

- Habitualmente se baila toda una tanda con la misma persona.

- Entre tema y tema hay una pausa que se usa para charlar con su compañero. Sirve para escuchar la música que sigue y prepararse para ejecutarla.

- La mujer debe esperar que el hombre la abrace primero. Esa costumbre también viene de la misma época del cabeceo porque era el único momento (aparte del momento en que las chicas iban al baño) en que la mujer estaba sola, sin su madre o la persona que la cuidaba mandada por el padre que generalmente era el hermano menor, o algún tío o primo. Antes, se usaba ese corto tiempo entre tango y tango para el levante, para arreglar citas afuera de la milonga.

- Cuando se está bailando y se dice "gracias" quiere decir que esta persona ya no quiere seguir bailando, en caso contrario se debe agradecer apenas en el final de la tanda. Al terminar la tanda existe la costumbre de que el caballero acompañe a la dama hasta su mesa.

- Una mujer puede, en principio, rechazar las invitaciones que no le interesan con el sólo método de mirar “barriendo” la zona, sin detenerse en la cara del que la invitó, pero también puede señalar con la mirada al varón que le gusta para bailar. Hoy en algunos lugares se propone un tiempo para que las mujeres inviten activamente a bailar.

- La mujer milonguera suele ir sola a la milonga y comparte mesa con otras milongueras o amigas. Si una mujer va acompañada, nadie la sacará a bailar esa noche, excepto que su compañero de mesa ya esté bailando con otra persona. Generalmente no sacarán a una mujer que se encuentre en compañía por un hombre en la mesa.

Lo cierto es que la costumbre del “cabeceo” es bien porteña: surgió para evitar una negativa explícita de parte de la dama. Muchas mujeres disimulan que no vieron, cuando no les gusta el “contrincante”.

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